martes, 13 de febrero de 2018

Gades, libre y brava. La concejala (I/2)


Nota previa. Gades no es una mujer, Gades es Cádiz, que como tantas ciudades es de género gramatical femenino. Cádiz (en adelante Cadi), es considerada por no pocos una mujer, pero una mujer-concepto y no una mujer real. Como tal mujer-concepto se vuelve un concepto político, que en la tradición española, claramente contrarreformista católica (no se pierda de vista que el Dogma de la Inmaculada Concepción fue y es español, y muy andaluz), obliga a las mujeres a navegar por los vientos de una sociedad machista y patriarcal. Todo lo humano es político y está politizado.

Gades se vuelve estatua presente en 1987, año en que queda instalada en Cadi. Una estatua que es una mujer que mira al horizonte, una mujer desnuda, con apenas un manto arrebolado entretenido por el viento. Una mujer mito. Y una estatua que hasta hoy parece del gusto de tod@s, o nadie parece haber protestado nunca demasiado. ¿Por qué?
Porque lo molesto es ver de cerca lo que mejor se tiene lejos si no se comprende del todo bien, o porque no se acepta. Porque a las estatuas cada quien les otorga su catecismo particular y ya el Mundo sigue en orden porque están lejos, como ajenas y fuera de una realidad demasiado próxima y quizá hiriente. Si la estatua se vuelve viva, de pronto, el marco de significado se altera, resulta real, tangible, y peligroso quizá.

Prólogo. Hablar de cualquier Carnaval de Europa resulta complejo por su amplia diversidad intrínseca. Todo Carnaval es polifacético y todo Carnaval es político. Todo Carnaval es único. Todo Carnaval, por ello un nombre común para todos, tiene unos elementos comunes. Hay tres elementos a los que debemos, en mi opinión, atender con cuidado: 1) Crítica y queja por el malestar en la vida sexual; 2) Crítica y queja contra el Poder por su uso abusivo o ridículo; 3) La posibilidad de “ser alguien otro” durante unos días.

Cuando hablamos del Carnaval de Cadi deberemos mencionar el disfraz y el tipo. Yo deseo aventurar algo que quizá haya sido menos tratado de lo necesario, excepto en el magnífico trabajo de la Dra. Ana Barceló (2015; 26): “[El tipo] Es algo más que el conjunto de prendas que permiten a una persona pasar inadvertida”.

El disfraz podría servir al deseo descriptor de nuestro José Ortega y Gasset (1964; 195) de lo que para él sería el Carnaval: “(…) fiesta en que nos ponemos máscaras para que nuestra persona, nuestro yo, desaparezca. De aquí que la mascarita hable con voz fingida a fin de que también su yo resulte otro y sea irreconocible (…)”. En este sentido existe el disfraz, como un escondite, como un refugio. El tipo es una muy otra cosa.

El tipo, y no solo en Cadi, aunque mucho más en Cadi, es el ser que da cuerpo, forma y voz, a una historia que llevamos dentro y queremos contar. Bueno, más bien gritar con desgañite tranquilo. Sea esa historia la que sea. Es el rasgo número 3: la posibilidad de ser alguien otro durante unos días. Pero, ¿para qué?

¿Para qué queremos ser un alguien otro? Para divertirnos escondidos o para divertirnos denunciando, con sonrisa o risa, con Sátira, e incluso de modo grotesco, nuestros malestares en nuestra Cultura: la crítica, en la que Cadi puede ser muy hábil. Para divertirnos denunciando a cara descubierta, pero con la convención teatral de la desrealización: los dos coloretes, uno en cada mejilla.


©Eva Zamorano

Los aparentes hechos. Una cierta boulevard-presse, rijosa y verderona, se ha fijado en la estatua viviente, después de tener delante de sus narices a la estatua original durante años. Lo que ofrece a su público parte de la premisa de que estuviéramos viendo a la concejala desnuda y se echa las manos a la cara con los dedos muy bien separados, en lugar de realizar una mínima reflexión de observador que si conocieran a John Berger hubieran acometido: profundizar en lo que se ve, en lo que experimentamos como emoción de lo que vemos o creemos que vemos, y en lo que significa para nosotros. Se han quedado con la emoción deseada de ver a una mujer desnuda que no lo estaba, sino que lo parecía. Y que, además, era una mujer desrealizada en estatua viviente. La concejala no era ya la concejala sino La estatua Gades, pero en una suerte de juego de existencias múltiples, aunque jerarquizadas y simbólicas. Algo parecido a lo que la mano mágica de El Selu hizo cuando dejó desaparecer a la antigua alcaldesa para sacar de su sombrero del Humor “la rajita de su urna”.
Han visto desnuda a la concejala para componer el estúpido ripio de chichi y Kichi, y tratar así de destruir al gobierno municipal de Cadi.

Y sí, “La estatua Gades” sí va enseñando el chichi, todo su coño, y sus espléndidos pechos, todo su cuerpo; su tripa también. pero no la concejala, ni María Romay. La estatua. ¿Por qué no?

La fantasía es el placer del impedid@ para materializar su placer. Lo que no está nada mal, pero sería bueno distinguirlo para no sufrir neurosis. ¿Alguien ha visto los pechos de la concejala de Fiestas y Transparencia? Yo no, y he mirado con lupa. Y no solo. Me he permitido preguntar, averiguar. Porque desde el comienzo vi el principio gaditano del Carnaval: el trampantojo, el doble sentido. Pero esto lo vamos a dejar para una segunda parte: el cómo se hizo.

A mi modo de ver María Romay, a la sazón concejala de Transparencia y Fiestas, que no de transparencias porque no hay tales, decidió bajar a la mujer-concepto de un pedestal que le es una silla de clavos afilados. Ponerle a ese símbolo una lapa más, la de la realidad, la lapa de la mujer empoderada, la de la amazona. Dar un escándalo, pero un escándalo con inteligencia, además gaditana: el doble sentido, el trampantojo arrebujado entre los pliegues del manto arrebolado y estorbado por el levante. Un levante bravo, sí, y una estatua de bronce. Y muy “poca vergüenza gaditana”.

©Pablo Martínez-Calleja, 2018

viernes, 2 de febrero de 2018

Cadi en bucle

No sé si el Carnaval de Cadi tuvo alguna vez la relevancia mediática, y social como consecuencia, que está teniendo este año. Vaya por delante, sin embargo, una aclaración: el Carnaval no ha empezado todavía. Lo que ha empezado es el Concurso Oficial de Agrupaciones de Carnaval que se celebra en el Gran Teatro Falla de Cádiz. La diferencia es notable.

Empezó con algo que quizá oliera a escándalo, lo que algunos denominaron la decapitación de Puigdemont, que no fue tal sino algo muy diferente, como cuento en esta entrevista (minuto 13:34).

El siguiente hito fue el de la Andrea Janeiro, hija de Jesulín de Ubrique y Belén Esteban, quien pidió una retractación pública mediante su abogado.

El último caso ha sido, y muy diferente, el de la queja pública, pero no formal, de SOS Racismo contra la chirigota de Vera Luque: racismo y esterotipación de la población negra. La sexta televisión pone los tres casos uno junto al otro, en lo que parecería ser la misma problemática. No estoy seguro de que lo sea.


En el primer caso hubo amenazas de llevar el asunto a la Fiscalía. En el segundo caso actuó el abogado de la interesada. En el tercer caso, el presidente de SOS Racismo, simplemente, ha llamado la atención sobre un Humor que insistiría en la risa a través de la estereotipación de la población negra.

Los dos primeros casos son una caricaturización de varios personajes públicos. El de Puigdemont y los suyos, la caricatura de personas del Poder público que en su calidad de Poderosos son caricaturizados y ridiculizados por sus actos políticos y públicos. Satirizados en un ejercicio propio del Carnaval como instrumento de la Cultura y la Política, como instrumento fundamental en la sociedad; más aun en una que lo sea democrática. Al Carnaval le pertenece la Sátira y lo Grotesco. Y el Carnaval es una parte de la sociedad, y más libre de decir que el mismo Parlamento. El Carnaval de Cádiz es el mayor y más libre Speaker’s Corner del Mundo.


El caso de Andrea Janeiro puede resultar algo más incómodo al análisis. Andrea Janeiro no vive de su imagen pública y ha pedido que le dejen huir de la vida pública en la que la metió su madre. En octubre de 2009 el Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid remitió un escrito a la Fiscalía de Menores de Madrid en el que solicitaba que actuara de oficio para proteger a la menor. No consta que ella viva del uso de su propia imagen pública; bien al contrario parece que insiste en que la dejen en paz. Otra cosa es si su madre lo hace con la imagen de su hija.

Al Carnaval de Cádiz le hemos atribuido ser “periodismo satírico cantado”, y seguro que con razón. Ante lo que habría que decir que hace el ridículo quien simplemente se ceba en quien no debe ser objeto de Sátira ni burla. Burlarse de quien no usa el Poder o de quien no usa su imagen, de quien acaba de cumplir 18 años, y que toda la caricatura que se haga de esa persona tenga que ver con los rasgos de su madre (por el famoso asunto del pollo) o con su aspecto físico y del que no parece que viva, todo como consecuencia de la disputa entre sus padres desde su nacimiento. No sé. No sé dónde está el periodismo cantado del que hablábamos. Simplemente, una chirigota así debería hacer el ridículo entre un público verdaderamente informado y aficionado al Carnaval. ¿Hacer burla del débil es Carnaval? ¿Dónde están los platos fuertes, las sátiras, las críticas, las burlas en una sociedad, la española de 2018, que de tantas cosas se duele? Pero, por supuesto, que Cádiz se ría de lo que quiera, o de lo que pueda. Sin olvidar, una vez más, que una cosa es Concurso y otra muy diferente es Carnaval.

Sin embargo, no veo que la respuesta deba ser legal ni judicial. Habría que responder a esas cuartetas haciendo entender a sus autores que no han salido del Humor del final del siglo XIX, del humor facilón basado en la ridiculización gratuita del otro, sin importar nada ni por qué, ajena a un verdadero contexto satírico. Pueda ser que haya quien piense que eso es el Humor, la Sátira y aun el Carnaval. Yo creo otra cosa, y lo pienso teniendo claro, clarísimo, que el Carnaval debe gozar de una libertad libérrima.

El tercer caso es el de la Chirigota de Vera Luque: No tenemos el congo pa farolillos. El presidente de SOS Racismo, Moha Gerehou: “una imagen de negros estereotipada, ridiculizada, exagerada, y no vemos la imagen más real de la población negra”. Vera Luque, ante la queja, declaraba: “Todo el mundo tiene la libertad de ofenderse como el que tiene la libertad de cantarlo”.

Volvemos a decir que este Humor que se ríe de los otros desde el cliché, desde el prejuicio, desde las ganas de reírse de algo que en la sociedad, culturalmente, ha resultado siempre risible en menoscabo de su propia valía, es un Humor pobre, que huele a naftalina, y que es el mismo humor que trata a los andaluces de vagos, haraganes, de vivir acostaos, de hablar cosas que no se entienden y se queja por ello; o de los gallegos, o de los catalanes.

Libertad toda, pero también libertad para poder decir que ese Humor, el de los dos últimos casos, está más seco que la mojama seca.

Todo este debate, que está llevando a un cierto victimismo en ciertos círculos anejos al Carnaval, y que de momento solo es el COAC del Teatro Falla, pone de manifiesto el deseo de otro Humor, por parte de la sociedad, y la falta de fantasía y de una verdadera modernización emancipadora de nuestra sociedad a la hora de reírse y de satirizar a los objetos de la Sátira. ¿Reírse? Sí, pero ¿de quién, por qué y para qué? ¿Con qué no se está atreviendo el Carnaval?


©Pablo Martínez-Calleja, 2018

domingo, 21 de enero de 2018

“Un perro andalú”. Una comparsa con prospecto y pregunte al farmacéutico

Premisa. Concurso y Carnaval

Como hemos dicho hasta la saciedad, se presenta necesario, muy necesario, diferenciar entre Carnaval y Concurso en el Falla. Incluso cuando en las calles no todo sea Carnaval silvestre, incluso salvaje, y haya un Carnaval callejero con consecuencia económicas, comercial o comercializable.

Esta diferencia es fundamental para percibir, comprender y juzgar; porque siempre juzgamos, y desde ese juzgar nos decimos: me ha gustado; no me ha gustado. Luego, quizá, nos preguntamos por qué y vamos buscando los porques.

Vamos a la calle, nos paramos ante una agrupación: nos gusta, nos quedamos; no nos gusta, nos vamos. En un teatro la cosa es muy de otra manera. Se ha pagado una entrada y que pretende que ese dinero aseguraba las propias expectativas de placer audiovisual. A esto se le suma que, al haber pagado, lo que venga tiene que gustar, más o menos: no se va a cualquier sitio con el propio dinero. Se olvida, sin embargo, que ir a un teatro es un experimento, es una aventura y una gran sorpresa.

Además, en el teatro, sentados, y habiendo pagado, no se puede mover el público tan fácilmente como en la calle, donde basta con darse la vuelta, simplemente, y a otra cosa.

El teatro entroniza, da importancia a lo que allí se presenta. Y mucho público parte de la idea de que lo que salga tras todo telón es algo digno de esa casa de teatro, en principio.
Claro, aquí se amplían las posibilidades, y el público experimentado y sabio, sabe que pueden salir maravillas o verdaderas mierdas. O algo más intermedio: intentos, experimentos, que gustan o no gustan; que se han hecho bien o que se han hecho mal; que tienen un verdadero sentido o que no lo tienen. Este es un público que, sin embargo, ha perdido el coraje de levantarse y largarse cuando algo no le gusta verdaderamente. Sin arremeter contra nadie sino simplemente expresando la opinión de que lo visto no convence, en sus diversas intensidades.

Por último, quizá, está el publico aleccionado, en dos formaciones. La hinchada incondicional y el público manso que se deja explicar.

El Carnaval ha producido una industria cultural, y como tal industria cultural es deseable y justo que aparezca la crítica.



“Un chien andalou”

La película, de 1929, escrita por Luis Buñuel y Salvador Dalí, y dirigida por el primero, se estrenó en París con un gran éxito. Aunque haya una cierta discusión sobre si el título hubiera sido otro, que finalmente no fue, parece que la muy atribulada amistad entre Buñuel, Dalí y Lorca tuvo que ver, y que como lo mismo Dalí que Buñuel se las gastaban incluso violentas, atizaron a Lorca diciéndole perro, aunque ¿quizá fuera en un modo histriónico? Difícil de saber
Habría que poner en contexto a los personajes. Buñuel fue, a ojos de muchos, lo que hoy llamaríamos un macho-alfa, desabrido en su trato con no pocas personas. Dalí era un ser muy complicado, con una sexualidad complejísima que le hacía sufrir en su identidad. No era su único problema con su identidad. Salvador Dalí fue el segundo Salvador Dalí. Su hermano mayor murió y al nacer nuestro Dalí fue bautizado Salvador por sus padres, del que tenían su foto a la vista y al que visitaban regularmente en el cementerio.

La relación epistolar entre Dalí y Lorca desvela una pasión amorosa que nunca, parece, llegó a celebrarse.
Lo mismo Buñuel que Dalí desestimaban la producción estética de Lorca, del mismo modo que a Lorca no terminaba de interesarle, al menos, Buñuel.
Y sin embargo se mantuvieron ¿amigos?


En lo referido a la comparsa de Martínez Ares en el Falla, el ojo hay que ponerlo en si “Un chien andalou” dice, menciona o refiere de algún modo, por sutil que fuera, lo andaluz o Andalucía. La respuesta creo que seria un no. Si Lorca hubiese nacido en Redondela, en lugar de en Granada, la película pudiera haberse titulado “Un perro gallego” o “Un congrio gallego”.


El victimismo como factor teatral

No cabe ninguna duda acerca de la postración en que se ha venido manteniendo a la población andaluza, a lo que hay que añadir que no ha sido la única población de las Españas escondida por las clases dominantes. Pensemos en la postración a la que han sido condenados los gallegos, por ejemplo. O pensemos en Extremadura, hasta hoy castigada a vivir en el aislamiento ferroviario, por ejemplo. Y recordemos que Luis Buñuel realizó el reportaje que rescató del olvido y de la vida prehistórica a los extremeños: “Tierra sin pan. Las Hurdes”. Esto me lleva a pensar que no encuentro ningún motivo para encontrarle a “Un perro andaluz” ni el más mínimo menosprecio hacia lo andaluz o hacia Andalucía.

Por esto me llama la atención el deseo de establecer un puente entre “Un perro andaluz” y un supuesto derecho a convertirse en el perro que ahora ladra y muerde de Martínez Ares. Parece ingenioso el punto de partida, al mismo tiempo que peligroso, porque establece una relación completamente falta de realidad y de verdad.
Cuando Martínez Ares dice a la prensa que Lorca, a su regreso de Nueva York, anunció que él mismo era el perro andaluz es algo que parece, a mi entender, totalmente ajeno al contexto real y veraz que podría relacionar la cita y la película de Buñuel y Dalí, con la situación de Andalucía.

Esta comparsa es cómo nos ven y no cómo somos”. Mi pregunta sería cómo nos ve quién. ¿”Los del norte”? El norte es muy grande, en territorio y en número de personas. Y los tiempos han cambiado algo, no digo que tanto, desde luego. Todavía en mi niñez lo andaluz estaba asociado a lo gitano; y lo gitano estaba asociado a lo desviado, inmoral y peligroso, cuando no a lo delincuente o criminal. Este es el racismo que rezuma en nuestras sociedades. La española no se escapa, tampoco, de comprender a todos los otros desde el cliché y el prejuicio como explicación de cómo son. Llama la atención que el perro de Martínez Ares se duela del cliché y luche contra el prejuicio hablando en cliché y en prejuicio. Y dejamos las dos Españas para otro momento.

No creo que para combatir los prejuicios destructivos se deba utilizar precisamente el cliché, que encadena a los otros. Y creo que sería justo decir, una vez más, que la España franquista impuso varios de los elementos de la cultura andaluza como la cultura española, en una suerte de dictadura cultural que otros tuvieron que ‘sufrir’.

Sería bueno dejar de echar cuentas y acudir a la asertividad. No hemos recompuesto todavía el desastre de la dictadura en todos sus aspectos y deberíamos hacerlo, todos, con comprensión y empatía. Y exigiendo lo que es nuestro de cada uno. Si esa exigencia se puede formular con:

„Cuidao, cuidao conmigo, que vengo que muerdo, que vengo que muerdo.
Que traigo la furia más loca, la sangre en la boca, la rabia en el cuerpo.
Ha nacío un nuevo día, sigo siendo el mismo perro, el perro de Andalucía,
vengo, vengo, vengo, vengo que muerdo.“,
no lo sé, pero lo pongo en duda. Es efectista, eso sí, puede resultar como artefacto escénico. Pero este teatro que es el Concurso del Carnaval es claramente político, como todo teatro y todo Carnaval. No apelo a la corrección de ningún modo, asisto perplejo ante lo que oigo. Y me hace ruido el momento histórico, para estas declaraciones políticas, cuando es en la propia Andalucía donde se practica una política contra los andaluces. ¿Son los del norte los que expulsan de sus vidas a tantos andaluces que vuelven a verse obligados a emigrar? ¿O es un gobierno incapaz o ideológicamente orientado quien conduce a la pobreza y al desastre a toda la sociedad, incluidos los andaluces?
El discurso del ladrido desesperado y la boca llena de sangre es un discurso afrentoso, violento, de reacción, mucho más cercano al de Luis Buñuel que al de Federico García Lorca, tengo la impresión.

Aunque en relación a los clichés y los prejuicios no deberíamos olvidar, tampoco, que para esta comparsa Rajoy es “gallego”.


El forillo

El forillo es otro de los elementos importantes en un teatro de Concurso de Carnaval. Una simbología que no es nada fácil de desentrañar, por varios motivos. Entre otros porque es un Concurso de Carnaval. Hay varias casetas, si se cuentan son ocho. El problema está en que son demasiadas cosas las que se presentan encriptadas en una sola, y que el cerebro humano no da para tantos elementos. Hay que atender a una música que desacostumbradamente no fluye y a unas cuartetas que en realidad son ininteligibles, mucho más parecidas a un “cadáver exquisito” que a unas coplas de Carnaval, si es que lo son. Todo esto, sobre todo la inmensa cantidad de pretendidos símbolos, hace muy difícil, o imposible, poder estar a todo.

Voy a empezar por ver en el forillo a Alberto Sánchez, un pintor que no ha sido citado hasta ahora por el farmacéutico ni por nadie. Él trabajó para La Barraca e hizo cosas como estas, desde las que miro hacia el forillo y digo ¡ah!







La puerta del infierno. Al margen del patetismo que se quiere expresar con esa boca de comic, no sé si todo el mundo la identifica con ninguna otra cosa que con el perro al que se canta, y del que se va ganando, el público, una imagen en su propia cabeza, ayudado por esa imagen. El farmacéutico nos dice que es la imagen del diablo. Bueno, porque lo dice el farmacéutico. “La boca del infierno” la vamos a encontrar en El Bosco



o en “La tentación de San Antonio”



Aunque debo confesar que yo le he dado algunas vueltas de detective, y que lo que estaría al alcance de TODOS nosotros sería pensar en el perro que ocupa el escenario.

Por último, por pura fascinación y deseo de contar, les proponemos esta imagen que entendemos muy interesante.




Quiero suponer, claro está, que todas estas búsquedas no vayan a ser las del crítico al que luego le dice el artista: - ¡Vaya con lo que has encontrado y yo no había puesto!

A tener en cuenta que si Despeñaperros es la puerta del infierno, el discurso político es claramente osco, violento y de rechazo. Que guste o no es otro asunto. Y que plantea una situación de lucha y resistencia que me pregunto hasta dónde quiere llevar su autor y si su público, y el público en general, comprende y comparte.


El tipo

El tipo es claramente barroco, o más que barroco churrigueresco. Una suma de todas las cosas posibles y no sé si todas son exclusivas de una visión hacia Andalucía y hacia lo andaluz, cuyos elementos serían (yo no lo creo) los atributos de un desprecio solo hacia lo andaluz. Cuando Machado, Antonio, escribe desde Soria y habla de la España oscura porque le han quitado el candil, no solo piensa en Andalucía. Piensa en toda la España condenada al atraso y atrapada en la religión y la superstición. En Soria tendría Machado la ocasión de ver otra España insistentemente ruralizada y mantenida en el atraso.

Hay en el tipo, como en otros espacios de este espectáculo, aparentes contradicciones como la del manto. Un manto que yo identifiqué, aun no siendo de Cádiz, como un manto religioso. Vi mantos muy similares en el desierto de Atacama, en los conocidos como bailes religiosos, y que no son otra cosa que un Carnaval fagocitado por el catolicismo.

Los poetas y autores que se nombran como inspiradores de esta comparsa comparten el hecho de que la religión es un lastre, aunque lo compartan con diferentes intensidades. Desprenderse al final del manto no lleva a pensar, en mi opinión, que esos “perros” se desprendan del manto, y que incluye todo un significado de atraso y dominación del pueblo andaluz. Aunque no solo del andaluz, y que no solo los andaluces comprenden, si pueden comprender.


La mujer en “Un perro andalú”

Para seguirle la pista al lugar que le queda a la mujer en todo este berenjenal he partido de la entrevista que le hicieran a Martínez Ares en eltercerpuente.com:

“Cádiz sigue siendo la gran fémina para mí, sigue siendo esa madre, esa compañera, esa amante, la simbolizo y personifico en una mujer y es la gran pasión que tengo y la razón por la que hago carnaval.”

No sé cuántas mujeres se sienten identificadas con este rol, por otra parte muy asumido por un amplio espectro social, aunque un concepto de ninguna manera universal. Pero tampoco sé cuántos varones aceptan y abrazan este rol para la mujer. Tengo la impresión de que se nos presenta una idea de la mujer perteneciente a ese pozo añejo de valores contrarreformistas católicos,  por supuesto muy respetables, con el que se levantó la caseta en la que estamos hoy. Un concepto contradictorio de la mujer, más como concepto que como persona. Y un concepto que es motor de eso que Freud llamó "malestar en la Cultura".
Por cierto que yo mismo he sido el primer sorprendido al verme preguntándome y conectando esa idea de la mujer con el problema de Salvador Dalí de no saber qué hacer con la mujer, en cualquiera de los planos de su vida. Buñuel lo tenía más claro. Lorca lo tenía definido.


La comparsa completa como espectáculo

De la lectura detallada de las letras de la comparsa comprendo por qué era difícil de entender lo que cantaban. No se trata de su complejidad, se trata más bien de una suma infinita de elementos imposible de comprender en los veinte minutos que dura la actuación. De esto mismo se deduce la necesidad de explicaciones, pero que curiosamente llegan en un ambiente de incomprensión por parte de muchos aficionados al Concurso. Se presenta la necesidad de explicar qué es la obra, qué dice la obra, qué representa la obra. Hasta el punto de tener que decir que “es como nos ven, no como somos nosotros”.

Antes de la actuación de la comparsa, los comentaristas de Onda Cádiz televisión leyeron, literalmente, una breve nota explicativa de la obra que íbamos a ver, realmente chocante. Algún periódico se lanzó a nutrir al público de explicaciones, después de la noche del Falla, sobre los detalles de la comparsa, aunque no siempre con la exactitud ni con la extensión que sería de esperar.

Hay comentarios, muchos, de insatisfacción, que intentan ser combatidos . Pero esto es un Concurso de Carnaval, se dicen muchos aficionados, que se sienten mal por incapaces de comprender lo que siempre se comprendió: su Concurso de Carnaval, las letras, su música, sus tipos.

En las casas de teatro y de ópera de toda Europa se organizan guías de introducción de espectáculos para que, aun siendo de sobra conocidos y aparecen en todos los prontuarios teatrales, el público pueda acercarse sin gran dificultad a lo que verá sobre el escenario. Pero esto es Concurso de Carnaval. Y sí, desde luego que se pueden hacer esas guías de un cuarto de hora antes de la función, pero hay que hacerlas si se quiere ser entendido.

Hay un problema añadido. Quizá es que los textos no sean tan sencillos de comprender, porque quizá se parezcan más a un “cadáver exquisito”, en los que no necesariamente todo resulta comprensible. Las cuartetas, las frases, están sumadas. Se dicen muchas cosas, se quieren decir muchas cosas. Otra asunto es si resulta siempre comprensible el discurso como un continuum. Si no hay demasiadas ideas dentro y no del todo ordenadas según la costumbre.

Un “cadáver exquisito” es un juego, surrealista, para crear de un modo colectivo, y en el que el resultado final puede revelarse hilarante. Se toma un papel, se escriben unas palabras y se dobla. El siguiente escribe y vuelve a doblar. Así sucesivamente. A veces el tema es libre. Otras veces se da el tema, lo que resulta más orientador al llegar al final. Por fin, se desenvuelve el papel y se lee de una forma continuada, como si fuera un único texto, que no siempre tiene la coherencia quizá deseada.

La insistencia en necesitar explicaciones y más explicaciones sobre lo que se ha visto en el Falla llama la atención y la sospecha sobre si este espectáculo de Concurso de Carnaval hubiera necesitado una guía introductoria en el vestíbulo del teatro, y si con ello hubiera bastado.


©Pablo Martínez-Calleja, 2018

Pincha si quieres ver el último libro publicado por este autor: "De los besos. Abreviaciones".

jueves, 11 de enero de 2018

El Humor, la risa, y el respeto a quien lo merece

Se vuelve a hablar de los límites del humor, nunca se deja esta conversación por suerte. Lo cual significa que de forma permanente la sociedad está revisando sus reglas morales del comportamiento hacia los otr@s.
Por el momento seguiremos hablando de Humor y metiendo ahí dentro todo eso que llamamos humor, un gran cajón de sastre donde, sin embargo, hay elementos muy diferentes y diferenciados también.

Es recurrente la idea de que el Humor no debe tener límites. Kurt Tucholsky decía esto de la Sátira, y la diferencia es notable. La diferencia es notable porque la finalidad previa de quien inventa el modo de hacernos reír, y el motivo de esa risa, es fundamental. En especial cuando se habla de Carnavales.
Solemos llamar Humor a todo, a todo lo que nos haga reír, no importa ni por qué ni para qué. La Sátira, sin embargo, tiene una motivación previa y una finalidad última: la Sátira es una fusta contra algo o contra alguien, por algún motivo.

¿Podemos reírnos de todo y de tod@s? No lo sé. ¿Podemos practicar la Sátira contra todo y contra tod@s? No lo sé. La Sátira se entiende como un ataque justificado, o no, contra alguien poderoso y que utiliza el Poder que tiene para actuar injustamente o injustificadamente contra otr@s o contra tod@s.

Mi idea de lo que es el Carnaval está más cerca del ritual que de la fiesta. Lo que conocemos hoy como Carnaval tiene unas raíces profundas y antiguas y toda una evolución que lo ha ido acomodando a nuestro tiempo en cada momento. El origen del Carnaval hay que situarlo en los rituales de invierno. Invierno es oscuridad, frío y desprotección. Los rituales de invierno comenzaban con la falta de luz y la llegada de la oscuridad, y su momento álgido estaba en los momentos más oscuros del año. El miedo a la oscuridad porque la oscuridad estaba poblada de malos espíritus. Esos rituales añadían luz contra las sombras y trataban de espantar a los malos espíritus de las sombras, escondidos en las sombras, en el Poder de las sombras; a los espíritus que amenazaban a las gentes de la comunidad desde el Poder de las sombras y la oscuridad. Se realizaban danzas para ‘teatralizar’ esa lucha contra las sombras y los pobladores de las sombras, danzas en las que la comunidad resultaba vencedora, en una suerte de animismo que significaba que si en la danza se vencía a los Poderes malignos, en la realidad la comunidad quedaba preventivamente protegida de esos Poderes vencidos; como si se tratara de una vacuna.

La cristianización, o el intento de cristianización, la concentración del Poder en las ciudades y la tecnología fueron cambiando esas sociedades, que fueron adaptando su comprensión de las sombras y de los poderosos y los Poderes emboscados tras ellas, así como sus “danzas rituales” que fueron evolucionando, a lo largo de los siglos, hasta que la danza ritual cambió hacia la danza de las palabras, que no es otra cosa que la Sátira.

La Sátira se ha convenido en aceptarla, o no y combatirla, como un instrumento de defensa contra un uso maligno o abusivo del Poder. “Va un tío al muelle y rebota” nos lleva a la risa, o no, desde el puro deseo de reírnos, para lo que usamos la comicidad. La Sátira tiene, sin embargo, una motivación y un objetivo.


Tomemos ahora el Humor como un gran cajón de sastre, el Humor como un mecanismo que nos lleva a la risa. Pensemos que aceptamos amablemente todo lo que se diga solo porque va acompañado de algo tan alegre como la risa, algo tan dulce y digerible como la risa, una risa que ¿lo justificaría todo? Porque nos gusta tanto reírnos, porque lo necesitamos tanto, ¿podemos reírnos de todo? No lo sé, pero creo que no. O, al menos, deberíamos atender al proceso que se abre en nosotros: la comprensión de sobre qué nos hemos reído y por qué. Quizá tuviera alguna importancia, en este contexto, repensar sobre la banalización de la risa, y no porque yo quiera regresar a su ‘prohibición medieval’, sino para ser conscientes de nuestra alegría y nuestra ética. Y para situar adecuadamente la Sátira, la Comicidad y el Humor.

Cada sociedad produce su propio Humor (en plural) y ese Humor denuncia a su sociedad en su uso de la lengua y sus motivaciones para reírse. Aquí debemos tomar reírse en el sentido de la Sátira y en el sentido de lo que para nosotros es cómico o no. Lo cómico nos produce la risa porque encontramos una incoherencia entre lo esperado o esperable y lo que se presenta ante nuestros ojos. Lo esperado o esperable es lo que podríamos llamar la NORMALIDAD, lo correcto, lo aceptado y aceptable.
Si nos reímos de las mujeres, o cosificamos a las mujeres de una forma claramente negativa, o banalizamos su asesinato, o nos reímos de los ‘hombres flojos’, de los cojos, de los ciegos, de los maricones, etc., ¿en qué contexto nos reímos? Se dice que tenemos la piel muy fina. Existe otra posibilidad de observar el asunto, en este contexto: nos hemos vuelto más sensibles, con unos principios éticos más claros y justos. A una nueva ética quizá le corresponda una nueva estética. O, una estética antigua, vieja, se apoyaría en una ética antigua, vieja.

Otra cosa muy diferente, a la que aquí no aludo, es la corrección política y los medios para alcanzarla. Algo siempre complicado y muy impostado. Además de uniformizador.

Reírnos, ¿de quién? Aunque sobre todo, ¿por qué? El Carnaval, tomado como ritual, en el marco de mi comprensión de ese ritual evolucionado, se ríe de quien actúa con el Poder con maldad o injusticia, o de quien secunda la maldad o la injusticia. El Carnaval se ríe también de lo puritano, de lo incoherente y contradictorio, de lo ridículo que resulta vivir en unas normas ridículas y que atacan o niegan la realidad de la vida, en la moral, en la sexualidad, en el uso del alcohol, etc.

Reírse de algo es atacar su poder o su legitimidad de ser. Y luego vienen todos los tonos grises.


@Pablo Martínez-Calleja, 2018